Notas prohibidas

5 de Marzo de 2011 | Por | Categoría: Creación

Por: Eduardo Martínez.

El joven músico de testa hermosa y ojos tristes color aceituna, se agachó y de su estuche de piel extrajo un violonchelo color hueso, reluciente como unos zapatos bien lustrados. Lo acomodó con mimo sobre su pecho y golpeó las cuatro cuerdas con las yemas de sus largos y delgados dedos. Con meticulosidad y paciencia, disfrutó con los ojos cerrados de la mecánica de la afinación.

Mientras, entre risas y charlas agitadas, el organizador pidió silencio. Las mujeres, abrigadas en su mayoría con estolas de pieles exóticas; aun siendo época de blusas y chaquetas poco gruesas, buscaron el silencio de sus maridos dándoles golpecitos con el codo, y las solteronas más malhumoradas, chistaron a la gente del público que como ellas, hasta hace un instante, todavía seguían conversando alegremente.

Días antes, aquel músico desconocido por todos en aquella ciudad, prometió una composición increíblemente innovadora, capaz de transportar la mente del público hasta otros lugares en el tiempo. Con semejante anuncio, tuvo facilidad para llenar la cavea del teatro, en su mayoría de aristócratas venidos de todas partes de la ciudad; adoradores de aquellos caprichos que otros no podían permitirse.

El músico no mintió. Cuando el arco frotó las cuerdas del violonchelo, bellas notas flotaron por toda la sala como mariposas de colores. Cuando el público cerraba los ojos, caía presa del influjo de aquella música. Una mujer regresaba al salón de su casa y siendo un infante, señalaba con su dedo a un criado que la hizo tropezar, exigiendo la horca como castigo ejemplar. Otro hombre de bigote fino y bien peinado, visitaba con puntualidad nocturna, el cuarto de la más joven e indefensa de sus empleadas domesticas. Una pareja de solteras bien cubiertas con pieles felinas, observaban sonrientes como unos mandriles varones de aspecto y forma humana, apaleaban violentamente a un hombre que exigía su estipendio.
A ritmo del arco, que saltaba de cuerda en cuerda como un caballo desbocado, recuerdos subían como gusanos por agujeros abiertos en la mente de aquellas personas. Pronto, cuando la canción llegó a su parte álgida, el músico poseído por su música, redujo el tempo hasta casi detenerlo, formando una melodía oscura y tritónica.
De los gemidos y los lamentos del público, se formó una neblina que cubrió toda la orchestra. Con el paso de los segundos apareció una criatura infantil de aspecto humano, que se arrastró por el suelo medio oculta por la niebla, como una serpiente pantanosa. Su tez era pálida y acuosa, marcada con líneas azules, por donde le discurría la sangre. Olisqueaba las cabezas del público, extrayéndoles recuerdos alegres, que después masticaba antes de tragar.
De repente el rostro de la criatura se tornó enloquecido, casi epiléptico, cuando una mujer de edad temprana, que había llegado a endeudar su sueño en los juegos de azar, despertó.
En un parpadeo, la criatura estaba a un palmo de la mujer, observándola con sus ojos hambrientos, mientras le sonreía y se relamía con su lengua azulada y puntiaguda.
La mujer intentó gritar, pero su voz se negaba a salir de su garganta. También deseó ponerse en pié y huir, pero una mano invisible la empujaba contra el asiento. Cuando por fin pudo balbucear, aquel monstruoso niño le llevó un dedo a sus labios y antes de que volviera a quedarse dormida, su pelo y sus ojos se volvieron de un blanco lechoso.
Cuando la pieza terminó, la neblina desapareció con el niño, dejando una pequeña cortina de humo, que se confundió con un cigarro mal apagado.
Al abrir los ojos, el público lloró sumido en la confusión. Una molestia diferente a cualquier otra dolencia que hubiesen experimentado nunca, los dañaba desde el interior, de maneras que la tortura no lograría nunca.
Aquel día no hubo aplausos, tampoco comentarios al salir, solo el sonido de los zapatos abandonando la sala y los quejidos de una joven marchita que necesitó ayuda para levantarse del asiento. Aún así, el músico se puso en pie e hizo una reverencia.
En el acantilado, frente a las vías del tren, en sus casas con pastillas o colgados como abrigos viejos, gran parte de los aristócratas se quitaron la vida. Toda la ciudad lució de luto durante los días posteriores.
Días más tarde en otra gran ciudad muy lejos de allí, un teatro anunciaba el concierto de un joven violonchelista, del que nadie había oído hablar jamás, con un lleno completo del aforo. Ya sobre el escenario un joven afinaba su violonchelo de color hueso, tan reluciente como unos zapatos recién lustrados.
Fin.

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One Comment to “Notas prohibidas”

  1. Mimico dice:

    Tan elegante como espeluznante, casi se puede escuchar música mientras se lee…es simplemente genial!!! .

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